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Desde enero de 2014, a la hora de comprar un jamón ibérico los usuarios están más protegidos y pagan realmente por lo que se llevan. El Gobierno de España y la Asociación interprofesional del cerdo ibérico lograron aunar esfuerzos creando criterios comunes que dan garantías al cliente y regularizan el sector para evitar fraudes. A partir de entonces el jamón ibérico se clasifica por alimentación y raza. Estas categorías se identifican mediante una etiqueta que da veracidad de la calidad del jamón atendiendo a su proceso de crianza, engorde y al hábitat donde se ha desarrollado. La nueva normativa reúne los factores a tener en cuenta a la hora de comprar un jamón ibérico y clasifica la carne de cerdo, la paleta y la caña de lomo, todos bajo el amparo de la denominación ibérico.

Las tres categorías que identifican a un jamón ibérico a partir de ahora son: Bellota, Cebo y Cebo de campo. Los jamones de recebo ya no podrán clasificarse como ibéricos, como lo hacían antes de la entrada en vigor de la norma. Con todo, al comprar un jamón ibérico lo primero en lo que hay que poner atención es en la etiqueta solidaria a la caña de la pata que indica la información y clasifica al jamón ibérico.

Bellota: es la mejor calidad, e indica que el jamón se ha obtenido de un cerdo criado exclusivamente a base de bellotas.

Cebo de campo: es una variedad intermedia en el que el animal pace en el campo libremente y su alimentación se realiza a base de piensos y cereales.

Cebo: se trata de un jamón ibérico extraído de un animal que se ha alimentado de cereales y piensos en instalaciones cerradas.
Además de por el modo de cría y alimentación el jamón ibérico se identifica por la raza del cerdo de qué procede.

Ibérico: el fabricante está obligado a identificar qué porcentaje de ibérico corresponde al jamón, atendiendo a si los padres son ambos ibéricos o uno de ellos tiene un cruce.

Ibérico Puro: se trata de la mayor calificación. Identifica a los cerdos cuyos padres son los dos 100% cerdos ibéricos.